
“Entonces, asà es como se ve un condenado a muerte†pensó Adriana al observar esa cara levemente demacrada, los ojos medio opacos y un cuerpo laxo, como globo desinflado. Intentó descubrir en la mirada, un algo más, alguna sombra dramática que presagiara el final cercano. O un rictus en la boca, una pequeña contracción de músculos que le acercara más a la expresión de un cadáver; algún temblor en las manos que presagiara un final inminente. Pero Adriana no encontró nada. Nada. “Seré la muerta más sana del cementerioâ€, se dijo mientras se quitaba la bata azul frente al espejo.
Y Adriana salió de la clÃnica con su expediente bajo el brazo, como quien es despedido de la empresa de la vida. “Lucharemos†habÃa dicho el médico, “haremos todo lo necesario para vencer a ese cáncer†y enseguida habló, casi sin respirar, de toda una serie de tratamientos, operaciones, sesiones, y esperanzas. “El cáncer debe estar riéndose, allá abajo, en mi culo†pensó Adriana al arrancar el coche. “Todos preparándonos para la batalla y él, con sus tácticas de guerrilla, propagándose a su antojo por mi cuerpo.â€
Adriana manejaba hacia su casa, cuando de pronto, se dio cuenta que la cercanÃa de la muerte no se percibe en cómo se observa uno; sino en cómo uno observa. “Entonces, asà es como un condenado a muerte, veâ€. Apeó el coche, y bajó en esa calle en medio de la ciudad. Se paró en medio de la acera, y simplemente observó: toda esa gente, yendo y viniendo de tantos lugares, algunos solos y otros en grupos, unos hablando y otros callados. Los perros callejeros, los puestos ambulantes, esa niña con su helado de vainilla, el señor pagando por su periódico, la anciana cargando su carrito del mandado, los jóvenes enamorados, todos, todos, yendo y viniendo sin cesar, sin detenerse a verla, a observarla a ella, que tan cerca estaba ya de la muerte, “¿no puedes llevar un recado al más allá?†no le dicen, “¿no te duele morir?†tampoco, y nadie se da cuenta porque no se le nota, no la perciben, todos pasan, todos siguen su camino. “Eso es lo más doloroso… que todos sigan su camino.â€
En casa, el asunto cayó como bomba, y de una manera breve y resumida se explicó el plan de guerra planteado por el médico. Su esposo y sus hijos, respondieron que sÃ, que harÃan un frente unido, se plantearon las fechas para las operaciones y tratamientos, y luego no se habló más del asunto. Eso también le sorprendió a Adriana. “Este es el silencio de los condenados a muerteâ€, pensó. “Este es el aislamiento, la soledad. No es necesario estar encerrado bajo siete candados en un calabozo.†Los dÃas antes de la operación, fueron insoportables. Todos a su alrededor, intentaron crear un ambiente de “no pasa nada, todo es muy normal, no se hable una palabra de esto.†Sus amigos hablaban para saludar, pero evitaban el tema totalmente. Su hija mayor, pasaba por la casa, casi sin mirarla. Su hijo menor se encerraba toda la tarde en su cuarto, y su esposo, trabajó innecesarias horas extras. Todos en silencio, atentos al dolor propio, sufriendo en aislamiento, cuando ella lo que querÃa era un fuerte abrazo, un te necesito no te mueras, algún sÃntoma de lágrima o debilidad. Pero no. El cáncer se convirtió en un tema evitado en casa, como si al mencionarlo se estuviera invocando el nombre de un enemigo.
Entonces vinieron la operación y los tratamientos. Le quitaron pedazos de recto e intestino y le pusieron tubos, agujas, gasas de drenaje y le engraparon la barriga. “Mi cuerpo es una zona de desastre†pero el sufrimiento estético no le importaba porque ahora sà habÃa dolor, por dentro y por fuera, y en zonas en las que nunca sospechó que un dolor tan intenso se pudiera dar. Gente cercana, familiares y amigos, acudÃan a verla, y ella, entre el sopor ficticio de anestésicos y morfinas, sonreÃa apenas. Lo mejor de todo, era no tener que “hacerse la fuerte†como dÃas antes, porque ya lo era, porque su cuerpo desesperado por sobrevivir le respondÃa con ataques de euforia, que a veces desahogaba soñando que era niña, y que corrÃa sin freno por un campo de amapolas.
Fue durante la etapa de radiaciones que lo escuchó por primera vez. Al regresar a casa de la octava sesión (la cual tuvo que ser pospuesta, pues las llagas de sus quemaduras no parecÃan dispuestas a cerrarse), lo percibió. Comenzó como un ruidito extraño, en la habitación contigua. Con trabajo se levantó del sofá y se acercó al marco de la puerta. Y por primera vez observó a su esposo sollozar, de espaldas y mirando a la ventana, en lo que él pensaba era un lamento silencioso. “Entonces… asà es como se le llora a un condenado a muerteâ€, pensó ella, y se acercó a él, y con todo el dolor de sus llagas lo abrazó, lo apretó, y juntos lloraron el primer y último llanto, juntos sorbieron las lágrimas y se limpiaron los mocos, se miraron y se sonrieron con esa certeza simple del que se sabe amado.
Ahora, Adriana se encuentra en un lugar totalmente distinto. Una calma la inunda mientras observa a esa mujer petrificada, sin brazos, sin cabeza. Esa estatua de piedra extendiendo sus alas, señalando con el pecho hacia delante. Mutilada y a la vez destilando poder, energÃa, victoria sobre los elementos de la vida o de la muerte.
-¿Me he tardado, cariño? El baño estaba repleto con un grupo turÃstico de esos que van juntos hasta al W.C. -dice su marido, regresando a la escalinata del Museo de Louvre.
Pero guarda silencio al observar a su esposa Adriana, parada en silencio junto a la Victoria de Samotracia, y al verla con su cabello encanecido y suelto, le parece hermosa, le parece grandiosa o más que la estatua, que es de piedra fuerte, mientras que su esposa es blanda, débil, vulnerable. Al tomar su mano siente la energÃa de la vida, de esa vida que por endeble y frágil se convierte en un milagro, en un regalo, en un segundo de amor que no se quiere dejar pasar.
Adriana siente el beso en la mano, suave, tibio, y decide que ese segundo durará por siempre. “Por un momento asÆpiensa, “mi amado… me condenas a la vidaâ€.
Isis Estrada, derechos reservados. (Crónicas Indigo, 2008).




