Después de muchos años, deambulando por el mundo, regreso finalmente al puerto que me vió nacer, Acapulco. Regreso feliz, con muchas experiencias, satisfacciones, y sobre todo, con el hombre que amo: Carlos.
Ahora Carlos me dice que conociendo más Acapulco, ha comprendido más sobre mí. En principio, Acapulco para los acapulqueños es una ciudad en que el mar forma parte de nuestro ser, es el aire que respiramos, la sal que corre por las venas. Una ciudad en que la naturaleza se multiplica en colores, en sensaciones, en variados sonidos. Hoy es una tormenta inesperada; mañana, un cálido atardecer.
La vida me ha premiado haciéndome regresar junto a mi familia. También, y abusando un poco del karma positivo de Carlos, vivo en la casa de mis sueños: un lugar lleno de vegetación, espacioso y con un amplio salón desde el cual observo la bahía, y en el cual también podré impartir mis clases de ballet y flamenco.
Así que, al fin, estoy de regreso al paraíso.
¿PORQUÉ TE QUIERO, ACAPULCO?
(1990)
La noche me ataca por la espalda, me sorprende con la melancolía entre las manos, con mis viejas evocaciones girando y revoloteando por el cuarto. Algo muy agudo aguijona mi necesidad de terruño, me aliena, me obliga a regresar.
¿Tendrá la culpa el mar? La visión matinal, cuando el alba engendra diariamente el sol entre las aguas. Entonces, los oceánicos sonidos despiertan, se desperezan, latentes, tímidos, insinuantes, y se deslizan acariciando la esbeltez de las palmeras. Un cálido murmullo de olas quietas, cantando como mujeres que aman. Y en las ya disipadas sombras surgen, turgentes, neptunianas visiones que inspiran leyendas con sabor a sal y olor a musgo.
Acapulco, ¿cuál es la verdadera razón para evocarte? Tal vez por tu atardecer de nubes incendiadas; ritual funambulesco donde das muerte a la luz. El astro rey, ensangrentado, salpica sus exhaustos rayos y se entrega, moribundo, inmolándose a sí mismo, hacia las fauces hambrientas del mar.
¿Porqué te añoro tanto, Acapulco?¿porqué cierro los ojos y ahí estás, vívidamente, con tus colores contrastantes y tus cálidos lugares? Cada vez que regreso a ti me vuelve la vida, me renacen raíces que me duele cortarlas porque debo marchar.
Necesito ahora que tu sol de mediodía forme grietas perennes en mi piel morena. Enajenarme con la melodía de tu oleaje, esas voces ancestrales que recitan a mi oído sortilegios secretos. Aquí estoy yo, Acapulco, soy tu hija errante, yo poseo las lágrimas que faltan para desbordar tu mar de tristeza.
Necesito ahora inventarme, en la austeridad de mi alcoba, un vestigio de tu sol en mi lámpara; la humedad de tu mar, en la lluvia de afuera; un rumor de gaviotas, en mis sueños. Para no sentir que se me va de las manos el pasado, que se me escapan los recuerdos. Que se diluye, a base de ausencia, mi último síntoma de adolescencia.
(Poemas Residuales, copyright Isis Estrada Quintero.)






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