Es simple, es simplemente un camino, me digo. Repito incesantemente que el hecho de estar aquà debe tener una razón, el porqué de algo, una decisión dictada por el destino. Trato de ser consecuente con mis creencias. Mientras, camino.
Es terreno ignoto, no reconozco los guijarros, ni los arbustos. Una mujer citadina, criada entre ladrillos y semáforos, ¿qué puede estar haciendo o deshaciendo en este lugar de vacas y arroyo, de árboles y montes? Ya no camino, corro.
Voy avanzando, deslizándome en pequeños acantilados, buscando, buscándome, tratando de llegar a la rivera del rÃo que –dicen- conecta todos los pueblos de esta región. Subo a toda prisa las pequeñas laderas, no quiero ya escucharme, solamente sentir en cada pisada cómo agoto la distancia entre el yo y el llegar.
El sol se agota, se extiende la noche, apoderándose de cada metro de este paraje, el cual ya no alcanzo a vislumbrar. Todo oscurece -¡mejor!-, prefiero escuchar solamente el resuello cansado de mis pulmones, resuello que a veces me recuerda el gemir de un animal herido. Aprieto el paso, y avanzo como bestia ciega esquivando árboles, sintiendo el rozar del espino, aplastando piedras, olfateando el camino.
En la negrura nocturna, me difumino. Ya no corro, vuelo. No soy un cuerpo avanzando a tientas, soy una sombra, la sombra de mi ser, el rastro de una sombra. Ya no respiro, sino que ingresa en mà el aire, me alimento, me formo del aire, me convierto en viento. El fuelle de mis pulmones, cesa, y de mà sale el silencio, el silencio que domina la campiña, el silencio del secreto que se esconde en los peñascos, el silencio de la oscuridad, siniestro y perfecto.
Y de pronto, esta sombra que vuela, alcanza el acantilado, y se lanza al vacÃo, sin preámbulos, sin vacilación ni misterio. Caigo en el húmedo abrazo del rÃo, como un viejo amigo que me espera desde hace tiempo. Nos envolvemos, nos rodeamos, nos alcanzamos, nos reconocemos. Me desliza cuesta abajo, en su estruendoso llevar de agua y arena, espirales de espuma, piedra y cieno. Me deposita en la otra rivera, pero no importa, ya me ha contado todos tus secretos.
Es el rÃo que moja ciudades, campos, montañas, abrevaderos. No es de nadie, pero sirve a todos. Somos iguales. Decide su cauce. Somos simples y a la vez tan fuertes. Llega al que tiene sed, se entrega, se agota, se llueve. Lleva vida, purifica, deja que otros naveguen.
Ya amanece.
(Isis Estrada, copyright 2006).






10.06.08 @ 22:02