Madre, tus lágrimas son lluvia para esta mañana yerma,
paño húmedo de un dolor sediento, interminable,
gimes
gimes tu soledad
despiadadamente seca como este mediodía,
dura y caliente roca,
bajo tus pies, bajo tu vida,
árida y yerma, como una letanía.

Lloras mi ausencia, madre, como la de un muerto.
Y sufres la partida de mi abuela, como a una desterrada.
Quizá tu llanto tenga algo de verdad,
pues la distancia la soporto, madre,
la soporto como pesada losa,
como si me enterraras en un pasado inmóvil,
como si yo formara parte de una vida anterior,
como si al mencionarme, te vistieras siempre de luto.
Y a mi abuela, la sentimos apartada,
perdida, extraviada en un silencio lejano,
inapelable,
sellada su presencia
por ese exilio eterno, involuntario e irrevocable de la muerte.

Mudas y distantes,
así estamos mi abuela y yo, en tu mente.
Pero, estoy segura, siento
que ambas compartimos el deseo inútil de tomar tu mano
a pesar de la lejanía, a pesar del tiempo, y el sollozar silente.

Compartimos el pequeño deseo, de que esta brisa de mayo
abanicando tu cara
sea el beso espectral que tu madre y tu hija
te brindan
secando tus lágrimas,
disipando fronteras que no nos pertenecen.

Ni la muerte, ni la distancia son nuestras.
Nos apropiamos en cambio, del amor,
de esa extraña fuerza que nos vuelve presentes
como fantasmas de tu cotidianeidad,
que hace brillar nuestros ojos en las fotografías inertes,
que te lleva a escuchar mi voz en mis hojas de poemas,
que nos convierte en sombras que rondan tu sonrisa,
que nos transforma en espectros de los recuerdos bellos.

Ni abuela ni yo, madre,
estamos muertas o ausentes.
Pues el amor es más fuerte que la distancia o la muerte.

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