El mar me reclama. Exige mi retorno. Oigo los gritos en sus olas, precipitándose en las rocas y repitiendo, como afirmación frenética, mi nombre. Yo sé cuál es mi sino. Aunque intentara negar la naturaleza de mi origen, la humedad de mi cuerpo me delata. El mar me reclama.
En el momento de mi nacimiento, el trópico posó sus manos ardientes sobre mi cuerpo. Pero, más que burdas cicatrices, llevo el tatuaje de unos dedos que me llaman a pesar de la distancia, que se alargan hasta alcanzarme cuando menos lo espero, que se enroscan en mí con la firmeza de un dueño.
Me alejé de la Costa buscando el motivo de mi existencia, pero finalmente descubro que no soy más que una niña-caracola, no soy más que un pez tirado a las faldas de un gélido volcán. Mi voz, es el eco de un murmullo de olas inquietas. Sólo soy una gaviota extraviada en cielos extraños.
El mar me reclama; siento su grito pretérito, reventando en mis oídos con la energía de un mandato violento, exigiendo el retorno de la gota evaporada. ¿Quién soy yo, sin el atardecer enrojeciéndose en mis venas, sin la brisa humedeciéndome el aliento?
Necesito fundirme entre las aguas, diluirme en el azul fuerte y salado, esparcirme entre la cálida corriente. Que el océano seduzca con sus besos de viento mi cabello, que mancille mi piel con su rayo ardiente.
La vida no me pertenece, El mar me reclama. Ha quedado mi alma sometida entre la arena caliente. El espejo de lumbre de sus aguas ha atrapado mi imagen. ¿Qué soy yo en estos gélidos lugares? Un trozo oceánico perdido en cualquier parte, un cadáver invadido por el musgo, un pedazo de sol, que ya no arde.
Isis Estrada Quintero, copyright 2001 (Poemas Residuales).

Foto de un atardecer en el paraíso de México: Acapulco





