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Archivos de: Junio 2008

OCEANICA

por isiseq @ 2008-06-25 - 07:22:39

El mar me reclama. Exige mi retorno. Oigo los gritos en sus olas, precipitándose en las rocas y repitiendo, como afirmación frenética, mi nombre. Yo sé cuál es mi sino. Aunque intentara negar la naturaleza de mi origen, la humedad de mi cuerpo me delata. El mar me reclama.

En el momento de mi nacimiento, el trópico posó sus manos ardientes sobre mi cuerpo. Pero, más que burdas cicatrices, llevo el tatuaje de unos dedos que me llaman a pesar de la distancia, que se alargan hasta alcanzarme cuando menos lo espero, que se enroscan en mí con la firmeza de un dueño.

Me alejé de la Costa buscando el motivo de mi existencia, pero finalmente descubro que no soy más que una niña-caracola, no soy más que un pez tirado a las faldas de un gélido volcán. Mi voz, es el eco de un murmullo de olas inquietas. Sólo soy una gaviota extraviada en cielos extraños.

El mar me reclama; siento su grito pretérito, reventando en mis oídos con la energía de un mandato violento, exigiendo el retorno de la gota evaporada. ¿Quién soy yo, sin el atardecer enrojeciéndose en mis venas, sin la brisa humedeciéndome el aliento?

Necesito fundirme entre las aguas, diluirme en el azul fuerte y salado, esparcirme entre la cálida corriente. Que el océano seduzca con sus besos de viento mi cabello, que mancille mi piel con su rayo ardiente.

La vida no me pertenece, El mar me reclama. Ha quedado mi alma sometida entre la arena caliente. El espejo de lumbre de sus aguas ha atrapado mi imagen. ¿Qué soy yo en estos gélidos lugares? Un trozo oceánico perdido en cualquier parte, un cadáver invadido por el musgo, un pedazo de sol, que ya no arde.

Isis Estrada Quintero, copyright 2001 (Poemas Residuales).

acapulco1

Foto de un atardecer en el paraíso de México: Acapulco

Un Atardecer

por Carlosrc @ 2008-06-07 - 07:43:22

Es simple, es simplemente un camino, me digo. Repito incesantemente que el hecho de estar aquí debe tener una razón, el porqué de algo, una decisión dictada por el destino. Trato de ser consecuente con mis creencias. Mientras, camino.

Es terreno ignoto, no reconozco los guijarros, ni los arbustos. Una mujer citadina, criada entre ladrillos y semáforos, ¿qué puede estar haciendo o deshaciendo en este lugar de vacas y arroyo, de árboles y montes? Ya no camino, corro.

Voy avanzando, deslizándome en pequeños acantilados, buscando, buscándome, tratando de llegar a la rivera del río que –dicen- conecta todos los pueblos de esta región. Subo a toda prisa las pequeñas laderas, no quiero ya escucharme, solamente sentir en cada pisada cómo agoto la distancia entre el yo y el llegar.

El sol se agota, se extiende la noche, apoderándose de cada metro de este paraje, el cual ya no alcanzo a vislumbrar. Todo oscurece -¡mejor!-, prefiero escuchar solamente el resuello cansado de mis pulmones, resuello que a veces me recuerda el gemir de un animal herido. Aprieto el paso, y avanzo como bestia ciega esquivando árboles, sintiendo el rozar del espino, aplastando piedras, olfateando el camino.

En la negrura nocturna, me difumino. Ya no corro, vuelo. No soy un cuerpo avanzando a tientas, soy una sombra, la sombra de mi ser, el rastro de una sombra. Ya no respiro, sino que ingresa en mí el aire, me alimento, me formo del aire, me convierto en viento. El fuelle de mis pulmones, cesa, y de mí sale el silencio, el silencio que domina la campiña, el silencio del secreto que se esconde en los peñascos, el silencio de la oscuridad, siniestro y perfecto.

Y de pronto, esta sombra que vuela, alcanza el acantilado, y se lanza al vacío, sin preámbulos, sin vacilación ni misterio. Caigo en el húmedo abrazo del río, como un viejo amigo que me espera desde hace tiempo. Nos envolvemos, nos rodeamos, nos alcanzamos, nos reconocemos. Me desliza cuesta abajo, en su estruendoso llevar de agua y arena, espirales de espuma, piedra y cieno. Me deposita en la otra rivera, pero no importa, ya me ha contado todos tus secretos.

Es el río que moja ciudades, campos, montañas, abrevaderos. No es de nadie, pero sirve a todos. Somos iguales. Decide su cauce. Somos simples y a la vez tan fuertes. Llega al que tiene sed, se entrega, se agota, se llueve. Lleva vida, purifica, deja que otros naveguen.

Ya amanece.

(Isis Estrada, copyright 2006).

amanecer

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