La Flojera
Sin duda, de todos los defectos, la flojera es aquél que a su paso va arrastrando en su fodonguez al resto de la gama de imperfecciones. Ociosidad, flojera, desgano, llámese como se llame, esa consabida sensación de ya no tener fuerzas, de dejar “para mañana lo que se puede hacer hoy”, de quedarse como idiota ante la TV o la Internet antes que ponerse a trabajar, en fin, podría llamarse el último flagelo del espíritu, o tal vez, una de las plagas del Apocalipsis.
Finalmente, si el mundo es un caos… ¿para qué apurarse?
Ya lo decían de forma tan sabia los chinos: si tu problema tiene arreglo ¿para qué te preocupas? Y si no lo tiene… ¿para qué te preocupas? Y esa frase se convierte en bastión de los “buenos para nada” de los que duermen una o dos horas más de lo debido, de los que prefieren el recreo inútil antes que terminar a tiempo sus responsabilidades.
Sin embargo, la flojera se presenta en diversas manifestaciones.
Para empezar, tenemos al impuntual, el que siempre llegará tarde a todos lados, el que vive pisándole los talones a las citas y horarios, el que vivirá por siempre un cuarto de hora, una media hora atrás de los demás. Ya sea con la cara enrojecida del apuro, o con la expresión incólume que da la desfachatez, para el impuntual no hay tiempo más importante que el propio, el cual generalmente pierde en asuntos inútiles, terminando por perderse lo mejor de la vida porque… ya pasó hace media hora.
Después tenemos al descuidado, al que por evitar la fatiga echa a perder hasta los mejores proyectos, las mejores empresas. Primero muerto que cansado, parecen decir mientras se acomodan para dormir la tercera siesta del día. No importa que no pongan atención a lo que hacen, tampoco importa quién tenga que sufrir las consecuencias. Y haciendo todo “al ahí se va”, se les va también la vida, descomponiendo lo que otros componen y viviendo, entre los escombros de lo que destruyen.
También tenemos al flojo envidioso. Es aquél que desgasta un poco de su energía (no demasiada, para no cansarse), en pensar que el pasto del jardín vecino siempre es más verde. Pensándose víctima de la vida, de las circunstancias, del destino, en lugar de ponerse a trabajar, opta por rumiar su mala suerte, envidiar el fruto del trabajo de los demás, y en contar una por una las bendiciones del que tiene a un lado.
Por último, está el flojo profesional. Experto en delegar, en distribuir la carga de trabajo, aspira más que nada en llegar a ser jefe de lo que sea, jefe de algo para entonces sí poner a trabajar a los demás, a los que a su vez aspiran también a llegar a ser jefes y dedicar todo su intelecto a asuntos verdaderamente importantes: ir a desayunar o al golf con los amigos, ir de viaje a Las Vegas, o de compras a Miami.
¿Qué pasaría si juntáramos a todos los flojos del mundo, y los colocáramos en una sola ciudad? En principio, el mundo entero quedaría semi-vacío, dejando al grueso de la especie humana conglomerada en una sola mega-metrópoli, en cuyas calles y avenidas se comenzaría a acumular la basura. Sería una ciudad extraña, hasta cierto punto silenciosa, pues todo mundo estaría esperando a que los demás se encargaran de hacerlo todo, de decirlo todo, de crearlo todo. No habría alimentos, ni música, ni periódicos, ni medicinas. Quizás, ante la escasez, terminarían unos comiéndose a los otros.
O quizás no, porque dirían… ¡qué flojera!
Isis Estrada, copyright (2007).






07.11.07 @ 16:26