por
isiseq
@ 2007-09-02 - 22:04:16
Por Isis Estrada Quintero.

Un desgarrador grito despertó mi sueño. Alcancé a abrazarme a la almohada, brinqué de un salto fuera de la cama y... efectivamente, no había nada. Sólo un tremendo grito saliendo de las profundidades de la imagen confusa, del no-tiempo, de ese reino donde el subconsciente no sabe dónde poner tanta basura acumulada por la experiencia.
La mañana siguiente, desperté de la misma manera. Pero entonces, el grito se articuló en palabras. Un discurso de la incoherencia se apoderó de mi garganta, y me sorprendí parloteando en voz alta, mientras mi conciencia luchaba por regresar al estado de vigilia. Una vez despierta, dejé terminar la última frase, mientras me preguntaba... ¿de qué rayos estoy hablando? Nunca lo supe, pero debió ser un discurso que me involucraba, me apelaba, pues me mantuvo pensativa todo el día.
La tercera mañana, el grito pasó de mi garganta al pecho, a unas ganas apretadas de llorar, de que el corazón saliera estallando en mil pedazos de músculo y grumos rojos; ya despierta se filtró hacia mis brazos, y terminó en mis dedos, que se apropiaron de una pluma cercana y comenzaron a garabatear estridencias. De pronto una media palabra, el bosquejo de un rostro, escribiendo con la pluma al revés y de lado, sobre la hoja y la mesita de noche, bajo la lámpara, en el tapete y la pantufla; graffiteando la pierna y la pijama, con un golpetear de pluma, percusión y danza de la palabra. Poco a poco, disminuyó el ritmo y el escupir de tinta. Mis manos durmieron nuevamente. No así yo, quien tratando de discernir el misterio de esos gritos matinales, y con toda la intención de volver a tener un despertar tranquilo, resolví un plan para la mañana siguiente.
Al otro día, el amanecer me sorprendió con las manos fuertemente amarradas, y la boca sellada con cinta plastificada. De pronto, un leve movimiento, un sonido exterior, y allá vengo, de vuelta a la realidad, al estar despierta. Abrí los ojos, y me quedé quieta. Afortunadamente, nada. Ni grito, ni discursos, ni dedos locos. Respiré profundamente y, cuando estaba a punto de desatar manos y boca, la miré allí, de pie, observándome furiosamente a un lado de la cama. Con la cara encendida de rabia. Con los labios apretados, los brazos cruzados, no era necesario que dijera nada. Sus ojos enormes reflejaban la palabra “olvido”. Poco a poco su imagen se fue desvaneciendo, no sin antes murmurar: “olvido es enterrarme en vida”.
Me senté al borde de la cama, y mientras iba liberando labios y manos, lloré. Simplemente dejé correr el agua fuera de mis ojos, que al caer en mi boca me alimentaron de su amarga sustancia. Ya no tendría mañanas tranquilas. Ya no podría escapar del grito y la palabra. Ella había regresado. Desde el olvido, desde un olvido inútil, hecho a base de horas banales, de pretextos estúpidos, de temblorosos miedos. Desde un olvido que se escurrió sobre los días, sobre las ganas, sobre la falta de motivaciones. Ella regresó, configurándose con un pedazo de rostro, con los ecos de una risa, con los residuos de una emoción, con todos los desechos de vida que arrumbaba la memoria. Ella. Yo. La “yo” que fui a los veinte años, con la cabeza llena de sueños, con discursos tan “importantes”, con esperanzas “ineludibles”, con su querer desmembrar al mundo para reconstruirlo átomo por átomo, con su entereza para confrontar al que abusa, con su prisa por correr tierras lejanas, con todas sus batallas por librar, con la ilusión agarrada en un puño.
Me levanté en silencio, caminé como quien ya no desea despertar a los muertos. Me miré en el espejo, reconocí esa cara. Me sonreí perdonando segundo a segundo todos estos años. Abrí los puños, e intercambiamos, lado a lado del espejo, las ilusiones, los medios poemas y las pequeñas alegrías que cada una guardaba celosamente, para los tiempos de penurias. Ella quedó pensativa, yo acaricié dulcemente su cara, y abandoné dos besos tristes en sus mejillas, uno por todo lo que ella ignoraba de la vida; otro por todo lo que yo, desgraciadamente, ya sabía.
¡Mi niña caracola! Antes que dejarse morir para siempre, y desde ese rincón donde ya hemos guardado al bebé que todo le sorprende, al niño explorador y al rebelde adolescente, ella vino y preguntó, con su voz de mar en calma, si todavía íbamos a salir a cambiar al mundo.
Me quedé callada, y cerré los ojos. No quise decirle que el mundo ya había cambiado veinte veces desde la última vez que dialogamos. No quise volver a ver el peligroso brillo de sus ojos…
Di media vuelta, con una agilidad hacía una década no disfrutada, respiramos hondo, y dijimos:
¿Por dónde empezamos?