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Archivos de: Septiembre 2007

Dios, el Hombre y la Mar

por isiseq @ 2007-09-22 - 06:49:43

DIOS, EL HOMBRE Y LA MAR
Por: Isis Estrada

Esto es lo que la Mar me contó, una mañana de sol y sal...

La Mar:

"En tiempos pretéritos, Dios señaló: las lágrimas del hombre llegarán a ser más amargas, más saladas que la mar. Porque así como la mar guardará el alimento de los hijos del sol, así, las lágrimas del hombre nutrirán las nuevas generaciones con la sal de su dolor.

Una noche, Dios me sorprendió inventando tempestades para no dejar salir a mi criatura más inquieta.

-Ya no te pertenece -me reprimió-. El busca la luz.

Y lo sentí asomando sus ojitos fuera de mi superficie. Lo vi tragándose el aire, arrastrándose por la tierra, acostumbrándose, siempre luchando por levantarse, resbalando, sobreponiéndose. Con la mirada en alto, estirando los brazos, alargando los sueños.

-Al cabo de millones de años, le recibirás de regreso -prosiguió Dios-, le proveerás todas tus bendiciones, pues siempre llevará tu aroma en la sangre, tu sal en la piel, y tu agua en la humedad de sus lágrimas.

Pero aparte de peces y corales, de litorales cálidos, palmeras resistentes, y brisas refrescantes, quise darle la esperanza.

Por eso me torné azul, como imitando al cielo que tanto anhela. Por eso capturo en mi superficie la imagen de la luna, de las estrellas, del sol del mediodía, para obsequiárselos a pedacitos, cada vez que se interne en mis aguas.

Para arroparlo siempre, como a un hijo triste, con ese cielo azul, lejano, inalcanzable, con el que tanto sueña."

marazul

La Flojera

por isiseq @ 2007-09-17 - 21:47:04

La Flojera

Sin duda, de todos los defectos, la flojera es aquél que a su paso va arrastrando en su fodonguez al resto de la gama de imperfecciones. Ociosidad, flojera, desgano, llámese como se llame, esa consabida sensación de ya no tener fuerzas, de dejar “para mañana lo que se puede hacer hoy”, de quedarse como idiota ante la TV o la Internet antes que ponerse a trabajar, en fin, podría llamarse el último flagelo del espíritu, o tal vez, una de las plagas del Apocalipsis.

Finalmente, si el mundo es un caos… ¿para qué apurarse?

Ya lo decían de forma tan sabia los chinos: si tu problema tiene arreglo ¿para qué te preocupas? Y si no lo tiene… ¿para qué te preocupas? Y esa frase se convierte en bastión de los “buenos para nada” de los que duermen una o dos horas más de lo debido, de los que prefieren el recreo inútil antes que terminar a tiempo sus responsabilidades.

Sin embargo, la flojera se presenta en diversas manifestaciones.

Para empezar, tenemos al impuntual, el que siempre llegará tarde a todos lados, el que vive pisándole los talones a las citas y horarios, el que vivirá por siempre un cuarto de hora, una media hora atrás de los demás. Ya sea con la cara enrojecida del apuro, o con la expresión incólume que da la desfachatez, para el impuntual no hay tiempo más importante que el propio, el cual generalmente pierde en asuntos inútiles, terminando por perderse lo mejor de la vida porque… ya pasó hace media hora.

Después tenemos al descuidado, al que por evitar la fatiga echa a perder hasta los mejores proyectos, las mejores empresas. Primero muerto que cansado, parecen decir mientras se acomodan para dormir la tercera siesta del día. No importa que no pongan atención a lo que hacen, tampoco importa quién tenga que sufrir las consecuencias. Y haciendo todo “al ahí se va”, se les va también la vida, descomponiendo lo que otros componen y viviendo, entre los escombros de lo que destruyen.

También tenemos al flojo envidioso. Es aquél que desgasta un poco de su energía (no demasiada, para no cansarse), en pensar que el pasto del jardín vecino siempre es más verde. Pensándose víctima de la vida, de las circunstancias, del destino, en lugar de ponerse a trabajar, opta por rumiar su mala suerte, envidiar el fruto del trabajo de los demás, y en contar una por una las bendiciones del que tiene a un lado.

Por último, está el flojo profesional. Experto en delegar, en distribuir la carga de trabajo, aspira más que nada en llegar a ser jefe de lo que sea, jefe de algo para entonces sí poner a trabajar a los demás, a los que a su vez aspiran también a llegar a ser jefes y dedicar todo su intelecto a asuntos verdaderamente importantes: ir a desayunar o al golf con los amigos, ir de viaje a Las Vegas, o de compras a Miami.

¿Qué pasaría si juntáramos a todos los flojos del mundo, y los colocáramos en una sola ciudad? En principio, el mundo entero quedaría semi-vacío, dejando al grueso de la especie humana conglomerada en una sola mega-metrópoli, en cuyas calles y avenidas se comenzaría a acumular la basura. Sería una ciudad extraña, hasta cierto punto silenciosa, pues todo mundo estaría esperando a que los demás se encargaran de hacerlo todo, de decirlo todo, de crearlo todo. No habría alimentos, ni música, ni periódicos, ni medicinas. Quizás, ante la escasez, terminarían unos comiéndose a los otros.

O quizás no, porque dirían… ¡qué flojera!

Isis Estrada, copyright (2007).

flojera 2

El porqué de escribir

por isiseq @ 2007-09-15 - 22:14:44

escribir 5

EL PORQUÉ DE ESCRIBIR

Algunos escriben porque consideran la literatura una meta a seguir: publicar un libro, ser autor de prestigio, conseguir la fama, multiplicar el dinero. Otros, escriben por pasatiempo: en los momentos libres, por catarsis, por terapia, para decir que algún día escribirán la gran novela de la literatura (día que no llegará en el 99% de los casos), por ocio, o por no tener algo más que hacer.

Yo no voy a juzgar esas formas respetables de perder el tiempo.

Sin embargo, prefiero mencionar a aquellos seres que escribimos para sentir que estamos vivos, que no somos seres inertes a merced de los acontecimientos, que la letra y la palabra transformamos para modificar el entorno en el cual respiramos, sobrevivimos, existimos.

Cuando se escribe un texto, nada puede permanecer exactamente igual que antes de escribirse. Algo debe de moverse, trasladarse, tambalearse. El acto magnífico de la expresión humana, esa voz, ese grito, esa imagen en la pantalla o esa mancha de tinta sobre un papel, necesariamente, deben ser manos que revuelvan las aguas espesas de la realidad.

Si piensas que puedes vivir sin escribir, mejor dedícate a otra cosa, diría yo como mejor consejo a todo aquel que inicia en el arduo mundo de las letras. Y añadiría: si buscas en la escritura un regodeo del ego, una muleta para recargar en ella todas las cojeras de tu personalidad, una escalera eléctrica al estrellato... entonces mejor ahórrate las noches en vela, los dedos enrojecidos por tanto teclear en la computadora, el bolsillo vacío y los afanes por conseguir ser publicado.

La literatura es un amo celoso, y exige de sus esclavos verdad, verdad y nada más que verdad. Sutil o cruda, pero verdad. Culta o agreste, pero verdad. Bella o incómoda, pero verdad. El texto escrito es un espejo del alma; y ante ese espejo no hay afeites ni máscaras que puedan esconder la vergüenza de una mentalidad mediocre, como tampoco logra empañar la brillantez de un artista auténtico.

¿Quieres que los demás te conozcan en realidad? Escribe. Es el equivalente a quedar desnudo en medio de la plaza, a quitarse la piel, a partirse la cabeza en dos y dejar que los demás hurguen los distintos apartados de tu memoria. ¿Estás dispuesto a eso? ¿No? No escribas.

Pero te perderías por siempre del extraño deleite que es escuchar tus textos en la voz de otros, de sentir que al fin sales de tus fronteras y alcanzas el ámbito del prójimo, de ese ser ajeno a ti, que sin embargo abre tu libro de poemas y suspira tu aire, y recuerda tus vivencias, y llora tus propias lágrimas.

Dejarás de ser tú... para convertirte en todos los demás... ¿Aún deseas escribir? ¿Qué no entiendes que dejarás de pertenecerte?

También descubrirás que, para escribir un poema, necesitarás hablar en nombre de las cosas (que no tienen voz ni forma de expresarse), y susurrarás como el viento, rugirás como el mar o te moverás con la suavidad de una sombra. Vivirás la frialdad del témpano, lo agudo de la espina, la oscuridad del abismo. Serás todo, temblarás por todo, reirás por todo. Convirtiéndote en lo que existe, llegará un día en que te asomarás al espejo, y por respuesta tendrás... el universo.

Veo que ya no puedes esperar más y has tomado la pluma, deslizándola sobre el papel. No te preguntes más del porqué de escribir... la respuesta se genera cada día, a cada momento, en el movimiento de tu mano, en la maquinaria del lenguaje, en la esencia de tu psique... además la respuesta cambia, se modifica, se contradice, cada día. Lo que te mueve hoy no será lo mismo que mañana.

Escribe, escribamos las realidades, las posibles, generemos las alternativas.

Recuerda: en el inicio era el verbo.

(Isis Estrada Quintero, copyright 2007).

El mundo del ensueño...

por isiseq @ 2007-09-12 - 22:27:14

untitled

A esta acera vienes todos los días. Casi sin prestar atención a los transeúntes, te sientas en el sucio cemento, cierras un poco los ojos, y esperas. Como si un delgado hilo uniera los groseros sonidos del ruido vial, con sutiles melodías que de pronto llegan a tus oídos, transportadas por el tiempo o por el viento del norte, abres tus ojos de pronto, y comienzas a tocar.

Al inicio, el sonido se escucha ronco, como el de un animal herido que no tiene dónde morir. Después, tu propio aliento le va dando cauce y vida a una especie de zumbido, una voz grave y palpitante que nos habla de otra tierra de colores cambiantes, de un sol que acaricia las rocas, de árboles y llanuras que, quizás nunca pudiste conocer en esta burda ciudad. El rugido que surge del instrumento se propaga como lanza, se dispara de un lado al otro de la calle, y corre, huye por cada avenida hasta llegar a los límites de Sydney. Hasta ese límite en el que termina el dominio del hombre blanco, y comienza el territorio de lo natural y sobrenatural.

Nadie te conoce. Nadie jamás ha escuchado tu voz o tu nombre. Y sin embargo, estás presente como un ruido ancestral, como letanía de lo que se niega a desaparecer. Nos hablas de dioses y leyendas, de una época en que la riqueza consistía en reunir colores en las rocas, y las fronteras se delimitaban por melodías. Cantas pinturas, pintas canciones con el zumbido de tu instrumento, que cada vez se acerca más al lamento de la tierra, al gemido de ese cielo que ahora atardece en esta calle ya no tan atestada que comienza a abrirse paso hacia la noche con sus primeras luces de farolas.

De pronto, el sonido cesa. Tus ojos vuelven a cerrarse. Las últimas notas de la melodía aún vibran en el ambiente. Aflojas tus músculos, tus sentidos se adormecen. Ya no estás aquí. Te has marchado al lugar verdadero, al que te pertenece, a ese mundo del ensueño en que entras en contacto con los seres primordiales, con los que te dieron vida y forma. Has viajado a esa dimensión de la cual fuiste creado, has marchado para extraer tus canciones, tus pinturas, tus leyendas. La serpiente arcoiris, volando y flotando, te acompaña en tu viaje.

-¡Fuckin' nigger! They're all drunks! (Pinches negros, son todos borrachos)-exclama un muchacho blanco que casi tropieza contigo en la acera, y te despierta.

Y regresas súbitamente a esta avenida de Sydney, ya oscura y pestilente. Tomas sin mucho ánimo tu instrumento, tu sucio morral y te alejas, arrastrando tus anchos pies, tus callosos dedos aborígenes diseñados para correr por el hermoso desierto, y agachas tu cabeza cubierta de pelo hirsuto, enroscado para soportar el sereno y radiante sol de la llanura.

Te vas y te pierdes, entre las calles que no fueron diseñadas para tí... que nunca serán tuyas...

(Isis Estrada Quintero, copyright 2007.)

2973388aborigen

heart_200
(Pintura aborigen australiana. Cada leyenda es acompañada por una pintura característica, al igual que una melodía, una danza y un ritual).

Haikus (3)

por isiseq @ 2007-09-12 - 21:37:12

Nubes de espuma
van errando el camino
vagan sin dueño

ieq © 2007

Clouds4

Haikus (2)

por isiseq @ 2007-09-11 - 23:07:14

Aves lejanas
señalando el origen
de la alborada

ieq©2007

paisaje-con-aves

Haikus (1)

por isiseq @ 2007-09-09 - 16:45:19


Entre la bruma
flota el olor discreto
de la tristeza

ieq©2007

bruma

¿De qué rayos estoy hablando? (Cuento)

por isiseq @ 2007-09-02 - 22:04:16

Por Isis Estrada Quintero.

Durmiendo

Un desgarrador grito despertó mi sueño. Alcancé a abrazarme a la almohada, brinqué de un salto fuera de la cama y... efectivamente, no había nada. Sólo un tremendo grito saliendo de las profundidades de la imagen confusa, del no-tiempo, de ese reino donde el subconsciente no sabe dónde poner tanta basura acumulada por la experiencia.

La mañana siguiente, desperté de la misma manera. Pero entonces, el grito se articuló en palabras. Un discurso de la incoherencia se apoderó de mi garganta, y me sorprendí parloteando en voz alta, mientras mi conciencia luchaba por regresar al estado de vigilia. Una vez despierta, dejé terminar la última frase, mientras me preguntaba... ¿de qué rayos estoy hablando? Nunca lo supe, pero debió ser un discurso que me involucraba, me apelaba, pues me mantuvo pensativa todo el día.

La tercera mañana, el grito pasó de mi garganta al pecho, a unas ganas apretadas de llorar, de que el corazón saliera estallando en mil pedazos de músculo y grumos rojos; ya despierta se filtró hacia mis brazos, y terminó en mis dedos, que se apropiaron de una pluma cercana y comenzaron a garabatear estridencias. De pronto una media palabra, el bosquejo de un rostro, escribiendo con la pluma al revés y de lado, sobre la hoja y la mesita de noche, bajo la lámpara, en el tapete y la pantufla; graffiteando la pierna y la pijama, con un golpetear de pluma, percusión y danza de la palabra. Poco a poco, disminuyó el ritmo y el escupir de tinta. Mis manos durmieron nuevamente. No así yo, quien tratando de discernir el misterio de esos gritos matinales, y con toda la intención de volver a tener un despertar tranquilo, resolví un plan para la mañana siguiente.

Al otro día, el amanecer me sorprendió con las manos fuertemente amarradas, y la boca sellada con cinta plastificada. De pronto, un leve movimiento, un sonido exterior, y allá vengo, de vuelta a la realidad, al estar despierta. Abrí los ojos, y me quedé quieta. Afortunadamente, nada. Ni grito, ni discursos, ni dedos locos. Respiré profundamente y, cuando estaba a punto de desatar manos y boca, la miré allí, de pie, observándome furiosamente a un lado de la cama. Con la cara encendida de rabia. Con los labios apretados, los brazos cruzados, no era necesario que dijera nada. Sus ojos enormes reflejaban la palabra “olvido”. Poco a poco su imagen se fue desvaneciendo, no sin antes murmurar: “olvido es enterrarme en vida”.

Me senté al borde de la cama, y mientras iba liberando labios y manos, lloré. Simplemente dejé correr el agua fuera de mis ojos, que al caer en mi boca me alimentaron de su amarga sustancia. Ya no tendría mañanas tranquilas. Ya no podría escapar del grito y la palabra. Ella había regresado. Desde el olvido, desde un olvido inútil, hecho a base de horas banales, de pretextos estúpidos, de temblorosos miedos. Desde un olvido que se escurrió sobre los días, sobre las ganas, sobre la falta de motivaciones. Ella regresó, configurándose con un pedazo de rostro, con los ecos de una risa, con los residuos de una emoción, con todos los desechos de vida que arrumbaba la memoria. Ella. Yo. La “yo” que fui a los veinte años, con la cabeza llena de sueños, con discursos tan “importantes”, con esperanzas “ineludibles”, con su querer desmembrar al mundo para reconstruirlo átomo por átomo, con su entereza para confrontar al que abusa, con su prisa por correr tierras lejanas, con todas sus batallas por librar, con la ilusión agarrada en un puño.

Me levanté en silencio, caminé como quien ya no desea despertar a los muertos. Me miré en el espejo, reconocí esa cara. Me sonreí perdonando segundo a segundo todos estos años. Abrí los puños, e intercambiamos, lado a lado del espejo, las ilusiones, los medios poemas y las pequeñas alegrías que cada una guardaba celosamente, para los tiempos de penurias. Ella quedó pensativa, yo acaricié dulcemente su cara, y abandoné dos besos tristes en sus mejillas, uno por todo lo que ella ignoraba de la vida; otro por todo lo que yo, desgraciadamente, ya sabía.

¡Mi niña caracola! Antes que dejarse morir para siempre, y desde ese rincón donde ya hemos guardado al bebé que todo le sorprende, al niño explorador y al rebelde adolescente, ella vino y preguntó, con su voz de mar en calma, si todavía íbamos a salir a cambiar al mundo.

Me quedé callada, y cerré los ojos. No quise decirle que el mundo ya había cambiado veinte veces desde la última vez que dialogamos. No quise volver a ver el peligroso brillo de sus ojos…

Di media vuelta, con una agilidad hacía una década no disfrutada, respiramos hondo, y dijimos:

¿Por dónde empezamos?

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